Sábado 19 Mayo 2012
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¡Sí, señor, sí!

Escrito por Cynthia Leiva Tapia

Cynthia Leiva es Profesora de Lenguaje y Comunicación, Licenciada en Literatura y Lengua Hispánica (PUCV), actualmente buscando un nuevo colegio. Ha ejercido profesionalmente durante 3 años, pero desde la universidad ha participado en preuniversitarios so

saladeclasesLas relaciones de poder se dan en todas partes, todos intentamos apoderarnos de la autoridad de una forma u otra, incluso en las aulas, por lo cual muchas veces nos creemos dueños de la verdad o que nuestros estudiantes deben limitarse a callar y escuchar y solo decirnos: “¡Sí, señor, sí!”a la usanza militar.  Ahora bien, como docentes el uso de ese poder lo tenemos casi por añadidura a nuestra profesión y es para algunos colegas el sinónimo de abuso, descriterio y de mala educación. 

Mi poca experiencia como profesora de Lenguaje en un establecimiento, me mostró el mal uso del poder de los directivos y docentes que confunden el respeto con el miedo o el abuso de poder, en términos prácticos, gritar a un niño pequeño que no come su almuerzo, decirle un garabato, llamarlo peyorativamente flaite, tonto, imbécil, flojo, etc., era para ellos el “respeto” y era así como se debía tratar a un estudiante para que éste aprendiera. 

En este proceso, un día un estudiante de 8° básico1 me llamó “vieja…algo” (una  garabato de calibre, aunque ahora me provoca risa, en ese momento, me sorprendió para mal) por lo que llamé al  director, éste intervino y le preguntó fuertemente (casi gritando) por qué no lo ofendía a él, el estudiante balbuceó “porque le tengo miedo”, mientras que el director le respondió “no es miedo, es respeto”; ahora yo me pregunto si en verdad lo era. Desde ese momento, entendí la mecánica del establecimiento en el que estaba, el respeto se ganaba gritando, anotando, disminuyendo y humillando al estudiante, también comprendí que la intervención del director no fue la mejor solución, al ver llorar de susto a un niño y sin lograr que él aprendiera algo, ya que se vio obligado (por miedo) a disculparse. Sentí que no quería eso. 

A partir de ese momento, empecé a ver la mecánica del poder dentro de ese establecimiento, como profesora yo era la voz y la verdad, el estudiante tenía que limitarse a creerme. Tenía estudiantes con miedo a preguntar (porque sus profesores los retaban antes las dudas o, simplemente, los llamaban tontos) no se atrevían a equivocarse ni a dudar y menos a pensar o hacer, todo por el “respeto” al profesor.

Comencé a pensar en mi trabajo, recién empezaba y veía realidades que solo había visto en las caricaturas de profesores desmotivados (como en “Los Simpson”), sentía que me gustaba lo que enseñaba, ahora tenía que gustarme enseñar; fue así como mis “miedosos” estudiantes me dieron una gran lección durante dos años: El respeto no se gana con el abuso de poder ni el miedo, se gana con el cariño y la preocupación por ellos, lo que no significa que el aula se transformé en un desorden o un caos.

Tenía estudiantes con miedo a preguntar (porque sus profesores los retaban antes las dudas o, simplemente, los llamaban tontos) no se atrevían a equivocarse ni a dudar y menos a pensar o hacer, todo por el “respeto” al profesor.

Día tras día el foco de la clase de lenguaje se transformó en la participación activa: de lecturas a voz alzada a breves intervenciones, luego expresión de opiniones, de foros pasamos a  exposiciones orales, breves dramatizaciones, hasta que llegamos a un proyecto de teatro, en el cual adaptaban leyendas chilenas a textos dramáticos. Lograron realizar obras de teatros escritas, dirigidas y actuadas por aquellos estudiantes con miedo, quienes se transformaron en los actores centrales de su aprendizaje.

El miedo que antes sintieron se transformó en la motivación necesaria para crear y aprender en un largo proceso, no tuve que gritar ni decirles lo “flojos que eran” ni llevarlos a dirección, solo tuve que preocuparme, estar siempre atenta de sus avances.  El poder lo tenían ellos mismos, yo solo guíe su aprendizaje a buen puerto, de paso me enseñaron a mí lo que es el respeto por su trabajo, logrando que se dieran cuenta del poder que tienen sobre ellos mismos.

Finalmente, ellos y yo aprendimos que lo que más importa no es el “miedo”, que el profesor está ahí para ayudar y guiar; me gané su respeto, no me llamaron “vieja…”, se sintieron orgullosos de su hermoso proyecto de teatro, y el “¡Sí, señor, sí!” ahora significa que ellos sí podrán. 

______________

1 N.E. En Chile los estudiantes que cursan 8º año básico tienen entre 13 - 14 años.

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